Thursday, January 26, 2006

PRD ¿esta es la izquierda? - Sara Sefchovich

Sara Sefchovich
26 de enero de 2006
PRD ¿esta es la izquierda?


CUANDO surgieron en nuestro país los grupos políticos primero y después los partidos de izquierda, su principal bandera, promesa y oferta para los ciudadanos fue que serían distintos al PRI. Eso era lo más atractivo: la esperanza que nos dieron de un modo de hacer política diferente y mejor al que para entonces llevaba más de medio siglo siendo no sólo el omnipotente, sino el único.

Muchos nos creímos eso y participamos del entusiasmo. Pero como en tantas cosas en nuestro país, no fue sino una mentira más. A lo largo de los años, ha ido quedando claro que apenas se institucionalizaron, se convirtieron en una opción política más y no en la opción diferente. Hace algunos años, cuando era dirigente del PRD y el partido empezaba a aceptar candidaturas de ex priístas que abandonaban su vieja militancia con tal de obtener un cargo, López Obrador lo dijo sin más: somos un partido político y no una asociación de Madres de la Caridad. Lo que queremos es ganar el poder.

La frase de AMLO, no la recuerdo literal pero ese era su sentido, hizo evidente lo que los perredistas consideraban importante, pero también lo que dejaban atrás. Fuera de sus prioridades quedaban los principios, la ética y la construcción de una opción democrática en la que contaban y significaban y pesaban los métodos de acción y las personas involucradas. Quedaba claro que la izquierda partidista -lo mismo que la derecha y el centro-, lo único que quería era el poder y que por él y en su nombre estaría dispuesta a lo que sea.

La reciente contienda del PRD para definir candidatos para la Asamblea Legislativa, para diputaciones federales y para las delegaciones políticas de la capital fue la demostración patente de que el tema no es la democracia, no son los proyectos para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, no es un modo de hacer política que la dignifique y sí es en cambio únicamente el deseo bruto y crudo por el poder.

La forma en que se llevaron a cabo las elecciones fue, para decirlo con una palabra que condensa todo, absolutamente priísta. Los que nos habían ofrecido el oro y el moro si votábamos por ellos y le quitábamos el poder al PRI nos regresaron de lleno a aquellos viejos tiempos de facciones de gánsteres enfrentadas a otras facciones de gánsteres, de urnas previamente llenadas, de compra de votos, acarreo de votantes, condicionamiento de servicios y aplicación discriminada de programas sociales, hasta de reparto de despensas. Todo ello combinado con los métodos de la izquierda, los que en algún momento fueron arma de lucha y ahora funcionaron como pura arma de resentimiento: la toma de edificios, las manifestaciones y plantones en la calle, el cierre de vialidades.

Los ciudadanos vimos una elección de candidatos que se suponía sería abierta, democrática y universal, convertida en todo lo contrario: una elección manejada por facciones, con coacciones y presiones, intimidación, trampas, irregularidades, no reconocimiento del triunfo de contrincantes. Y vimos la disposición de los perdedores a llevar a cabo todo tipo de acciones, las que sean, con tal de impugnar esos triunfos, en sí bastante cuestionables sin duda por la manera como se hicieron, pero no por eso mejores o diferentes a los de quienes no ganaron.

Intento entender: nos dicen que el PRD es un partido. Pero resulta que no hay tal sino que en realidad se trata de un montón de grupos y corrientes particularistas que se amparan bajo el ala que les da ese título y que son enemigos todos entre todos. En esta elección se mencionó a la Nueva Izquierda, la Izquierda Democrática Nacional, los de Unidad y Renovación, el Movimiento por la Democracia. y, por si esto no bastara, se habló de corrientes separatistas, es decir, de disidencias dentro de las disidencias.

Y resulta que atrás de esos membretes en apariencia amables, que suponen la existencia de ideas y proyectos, lo que hay son feroces luchas de poder de las eternas figuras fuertes del partido cuyos rostros y nombres vemos todos los días en los medios, siempre en algún cargo público y siempre peleando por el control: Pablo Gómez, René Bejarano, Martí Batres, René Arce, Jesús Ortega. Todos ellos viejos zorros que se conocen los pasillos de la política nacional por arriba y por abajo. Y por delante, en los nombres de los candidatos, también reconocemos a lobos de pelea a los que les gusta el reflector, como Lorena Villavicencio, Clara Brugada, Miguel Bortolini que no fue candidato, pero quiso imponer al suyo.

Y además, encontramos otros nombres, que sin embargo no hablan de apertura y de inclusión de gente nueva o de corrientes políticas diversas, como nos quieren hacer creer, sino todo lo contrario, hablan de la inclusión de la peor cara del viejo corporativismo y la corrupción, como el de la hija de la lideresa de los ambulantes, el líder del Frente Popular Francisco Villa y o grupos fuera de la ley como la agrupación de taxis pirata.

¿Esto es hoy el PRD? ¿Es esta gente la que nos quiere representar y gobernar?

Dos días después de estos sucesos, en un acto convocado por el eterno Muñoz Ledo al que asistieron intelectuales y ex políticos, Andrés Manuel prometió que si ganaba gobernaría sin amiguismos ni compadrazgos, eligiendo solamente a los mejores para cada puesto y aseguró que sus decisiones serían tomadas sin imponer, sino convenciendo y persuadiendo.

¿Podemos creerle? Si en elecciones internas para definir candidatos para unos cuantos cargos se dieron hasta con el molcajete, ¿qué va a ser cuando lo que esté en juego sea la Presidencia de la República y los huesos grandes?

Sara.Sefchovich@asu.edu

Escritora e investigadora en la UNAM