Las encuestas son como termómetros que miden la temperatura del ánimo social ante diversos reactivos que van desde un jabón hasta una crisis económica o política, pasando por las expresiones de un candidato presidencial.
En el caso del candidato puntero en la contienda presidencial mexicana, las encuestas de los últimos días revelaron el efecto negativo que le provocaron sus ataques verbales al Presidente de la República, en específico por llamarlo chachalaca, nombre de algunas aves gallináceas y calificativo adjudicado a la gente parlanchina.
Si el incidente fue medido en sus consecuencias políticas hacia su autor, se ignora que haya sido sujeto a otras mediciones de carácter, digamos, social, al insertarse de inmediato y ponerse de moda entre nuestros dichos populares. Quizás usted mismo, estimado lector, haya bromeado con el ¡cá-lla-te cha-cha-la-ca! de López Obrador, como Víctor Trujillo lo hizo ante el mismísimo candidato perredista en vivo y en directo.
He conocido un efecto que si bien carece de valor estadístico para determinar una tendencia, se lo voy a contar y si usted conoce otros hechos iguales o parecidos, le rogaré hacérmelo saber:
En mi oficina y en mi casa, la tía Chela es una persona muy querida por la simple razón de que fácilmente se hace querer. Psicóloga de profesión, como su esposo Adolfo Calatayud, no sólo son un buen equipo profesional sino una pareja que vive con sus manos tendidas para que se tome de ellas quienquiera que lo necesite.
Tienen tres nietos, mujercita la primera, adorable y llamada Rebeca para completar el bello cuadro. Rebeca cumplió años un día de la semana pasada y cuando su mamá, Graciela, la apresuraba por no sé qué, el rostro de la chiquilla cambió de la casi eterna sonrisa a un gesto de enojo acompañado de la amenazante letanía hecha famosa por la televisión:
“¡Cá-lla-te cha-cha-la-ca...!
La abuela ganó la carrera a su hija porque, además, sintió la obligación de salir en su defensa. Cuando supe del incidente pedí a la tía Chela que me lo sintetizara por escrito para resaltar la consecuencia social del exabrupto del candidato. El producto fue el siguiente:
“Señor López Obrador, no utilizo un título antes de su nombre porque para mí un título universitario no implica sólo una preparación profesional; comprende, asimismo, valores fundamentales como ética, responsabilidad, y sobre todo respeto.
“Hoy me sentí avergonzada, no de lo que yo hago o vivo, sino de un candidato a la Presidencia:
“Mi nieta, que hoy cumplió 5 años, le grito a su mamá ‘¡cállate chachalaca!’. Lógicamente le llame la atención y ella me contestó preguntando por qué estaba mal ‘si lo había dicho López Obrador en la tele’. Le expliqué que era una falta de respeto y que esto tiene que ver con el trato que se da a los padres, a los mayores y a quienes ocupan un cargo. Le recordé que ella debe respetar a sus maestros, a su directora, y que como si el país fuera también una escuela muy grande, al Presidente que nos gobierna.
“Con esto quiero decirle que el fin no justifica los medios; que el daño de esa expresión suya a mi nieta es también a la juventud, y es mucho. Y finalmente quiero decirle que usted podrá llegar a la Presidencia, pero nunca será presidente. Para eso se necesitan valores de los que usted carece”.
“Daño a la juventud” escribió la tía Chela. ¿En la expresión de un dirigente social que aspira a gobernarnos? Pues..., no sólo en ella. El 28 de marzo, Víctor Trujillo lo invitó, en su programa, a responder siete preguntas de cultura general, igual que otros candidatos presidenciales: Roberto Campa contestó bien cuatro; Patricia Mercado tres y Felipe Calderón las siete..., pero López Obrador, “con todo respeto” como siempre, se excusó y dio, naturalmente, sus razones para mantener en secreto la amplitud de su cultura...
“Yo tengo mi estrategia... (Víctor le dijo que no lo podía obligar). “No, no, no, yo soy dueño de mi silencio y de mi postura, sí, no soy rehén... Te ofrezco, y a la gente, una disculpa, pero yo estoy en otra cosa, en una campaña para ser presidente de este país como lo merece el pueblo de México... Represento los intereses de gente que tiene mucha esperanza en este movimiento y no quiero yo hablar del ridículo. No quiero. No quiero. Tengo que cuidarme. Es una estrategia. Tengo que cuidar lo que represento... Pregúntame lo que tiene que ver con la vida pública, todo eso, estoy en la mejor disposición de responder... Y además tengo que explicar por qué. Ya otros contestaron y no es justo que yo no explique. Sencillamente yo no, este, estoy de acuerdo con eso, como no voy a otros programas, como me abstengo de muchas cosas... Porque, mira, este, Víctor, no e’Andrés Manuel. Yo represento la esperanza de mucha gente que está confiando en la posibilidad de que esto verdaderamente cambie. Yo tengo que actuar de manera muy responsable... Por eso tengo que cuidarme...”.
¿Encuentra usted algún desencuentro entre la gente que confía en “la posibilidad de un verdadero cambio” y una lista de siete preguntas sobre cultura general?
¿Complotaría la cultura contra “el movimiento” o el problema fue que, como el mismo López Obrador lo dijo, “no quiero yo hablar del ridículo”; o tal vez hacerlo...?
Esa mañana, el liderazgo social de López Obrador se manifestó, especialmente ante los jóvenes, con la actitud que quizá le significó terminar sus estudios en 14 años con notas nada ejemplares, de darle la vuelta a la responsabilidad mediante el pretexto de... ¿una obligación superior? O sea, puro rollo.
Por eso pregunto a todos los padres si desean esta clase de ejemplos para sus hijos.
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