Friday, March 03, 2006

Razones - Jorge Fernandez Menendez

3/MARZO/2006
RAZONES - JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ

En agosto del año pasado, el candidato presidencial de la alianza por el bien de todos, Andrés Manuel López Obrador, exigía públicamente “tres, cuatro, diez debates” organizados por el IFE para que todos los candidatos pudieran exponer sus posiciones y ello redujera el costo de las campañas electorales. Menos de un año después, no acepta participar en los cuatro debates que propone el IFE, dice que, quizás, participará en uno de ellos y que lo hará sólo si se aceptan sus condiciones y temario para el mismo. Antes proponía diez debates para hacer una campaña austera, ahora dice que sus adversarios quieren organizar cuatro debates para “romperle su ritmo de campaña” y que él debate con la gente en sus mítines (sic).

Hay algo más grave que ello: el propio López Obrador y sus colaboradores, se la han pasado insultando a sus adversarios porque cometieron el grave delito de exigir esos debates. Para López Obrador, que se demande un debate (como él lo hizo en agosto pasado) convierte a sus adversarios en “chachalacas” y les advierte que sí “les va a dar su debate”, pero sólo cuando “hagan campaña, porque hasta ahora no se han ni despeinado”. Su responsable de recaudación financiera, Federico Arreola escribió que no tiene sentido hacer debates presidenciales porque las encuestas demuestran que hay un candidato puntero, “de primera” (que es casualmente el suyo), otro “de segunda” y otro de “tercera”. En esta lógica, según Arreola, coincidiendo con López Obrador y su equipo, no tiene sentido realizar un debate, pero tampoco hubiera tenido sentido realizar reforma democrática alguna en nuestro país: hace veinte años la distancia entre el PRI y las incipientes oposiciones era tanta que no hubiera tenido sentido alguno abrir el sistema político. La lógica que está detrás de estos razonamientos es de un autoritarismo feroz: si creo que tengo mayoría, no tengo porqué debatir con mis adversarios u opositores. Y en esa misma lógica habría que pensar que el que gana el poder considera que se queda con todo. Nada más lejos de aquella vieja acepción de la democracia como el sistema donde el que gana no gana todo y el que pierde no pierde todo.

Es grave porque es allí donde se sustenta cualquier sistema democrático: pluralidad, equilibrios institucionales y la convicción de que, en última instancia nadie tiene la suma del poder público, independientemente de su popularidad transitoria o de los números electorales con los que haya llegado al poder.

La pregunta es obvia: si Andrés Manuel considera que no tiene que debatir con sus adversarios porque son “chachalacas”, porque no le gusta las campañas de esos adversarios o simplemente porque considera que tiene ventaja en las encuestas y no la quiere arriesgar, está en su derecho, pero ¿así gobernará?. Porque la actitud de no debatir no es nueva ni circunstancial: no quiso debatir en la elección de 2000 para el DF, hubo un solo y soso debate en aquella oportunidad. Tampoco quiso debatir con Cuauhtémoc Cárdenas ni sobre la candidatura perredista ni sobre el proyecto político del partido. Durante su gobierno en el DF nunca se reunió con los asambleístas de la oposición ni mucho menos debatió con ellos. En sus conferencias de prensa no acepta preguntas que lo incomoden y no ofrece entrevistas en donde pueda salir cuestionado. Quienes participan en sus equipos dicen que no acepta que se lo contradiga y que se le ofrezcan propuestas diferentes a las suyas. No acepta ir a reuniones con los empresarios porque los considera “empanizados” y dice que lo van a contradecir. Ahora tampoco acepta participar en debates con los otros candidatos. Olvida que la sociedad, por lo menos, quiere saber cómo realizará sus propuestas de gobierno. Que los empresarios quieren saber cuál es su programa económico para saber a qué atenerse en términos de planificación e inversión. Que los medios no están para complacerlo sino para informarle a la gente. Que el gobierno vertical puede ser eficiente en algunos casos pero irremediablemente termina convirtiéndose en autoritario. Y que esa concepción de verticalidad proviene del convencimiento de ser un “elegido”, alguien con capacidades morales superiores a las de los demás. ¿Para qué confrontarse con ellos entonces si el camino, inexorable, es el que el líder ya nos ha trazado?.

Lo preocupante es el estilo, la concepción de que para llegar y ejercer el poder no se debe atender el pensamiento, las ideas, las críticas, las opiniones de los otros. Ese es el verdadero sentido místico de la candidatura de López Obrador. Se apoya en esa lógica de que el poder no se comparte pero tampoco se acepta debatir sobre y con él.

Ello lleva a otras consideraciones. Por ejemplo, la no aceptación de la posibilidad de una auténtica diferencia con el líder. Las consecuencias de oponerse a su discurso o no compartir su política no puede provenir de causas legítimas, debe haber algo turbio detrás que impide que no se acepte la verdad universal o el pensamiento único que el líder impone. Normalmente, se trata de despreciar a los adversarios y a quienes opinan diferente. Pero, en ocasiones, ello no alcanza, entonces tiene que haber otras razones: la más socorrida es el dinero que “no quiere” al líder. Se inventan relaciones, patrocinios, intereses que nada tienen siquiera de verosímiles pero no importa, sirven para deslegitimar a los críticos.

El propio Federico Arreola en su reciente libro “La lucha de la gente contra el poder del dinero”, cumple con el papel de hacer una apología de su líder y de descalificar a sus adversarios porque están comprados por el “poder del dinero”. En mi caso, sostiene que comencé a criticar a López Obrador un par de años después de iniciado su gobierno en el DF, como consecuencias de “viejos agravios personales”. Alguna le vez le pregunté a Arreola cuáles eran esos agravios que un servidor tenía con López Obrador y no supo qué contestarme. En realidad, López Obrador nunca me ha agraviado: tuvimos durante varios años, sobre todo cuando fue presidente del PRD, una relación profesional fluida, jalonada con numerosas entrevistas para prensa, radio y televisión. Es más, cuando ganó la jefatura de gobierno del DF creo que la única entrevista que dio esa noche en su oficina de campaña fue con un servidor para un programa que teníamos entonces en MVS, llamado Punto de Partida. Cuando comenzó a gobernar iniciaron también las críticas a su gestión, simplemente porque no estaba, y no estoy, de acuerdo con su visión de las cosas, algo legítimo desde cualquier punto de vista en un país que presume de democrático. Y desde entonces se rompió cualquier comunicación con López Obrador, a pesar de que hicimos numerosos intentos por mantenerla en forma tan constante como respetuosa. No fue así, y López Obrador está en su derecho de plantearlo de esa manera. Pero yo no tengo agravios añejos ni nuevos con López Obrador ni creo que él tenga razón alguna para tenerlos conmigo. Lo que hay son diferencias de opinión entre un periodista y un político, como ocurre en miles de casos. Pero este político en particular considera que cualquiera que tenga diferencias con él no merece ser escuchado ni él perderá el tiempo en exponerle sus posiciones a ese o cualquier otro periodista que lo haya criticado. Y lo mismo se repite con los empresarios, con sus opositores políticos, con la sociedad en general.

En última instancia lo que exige López Obrador es fe en él y que sus fieles lo sigan aunque las claves de sus secretos jamás revele a los mismos. Es una concepción religiosa (y de una forma muy retrógrada de entender la religión) de la política y el poder, que se teñirá, inevitablemente, de un fuerte autoritarismo.

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